miércoles, 2 de noviembre de 2011

UN CUENTO, TRES VIDAS Y VARIAS HISTORIAS

La verdad es que llevo mucho tiempo pensando en escribir un cuento. Un cuento en el que como es normal, pierdan los malos y ganen los buenos, bueno si, lo que ocurría también en las películas del Oeste, aunque en alguna rara ocasion ocurriera lo contrario.
De mi cuento, que podría ser una historia tan rel como la vida misma aún no sé el final, casi ni siquiera el principio, y no se quienes son los buenos y quien los malos, lo que si sé, son los personajes.
Veamos, vamos a poner nombres,  ficticios por supuesto y..... empezamos.
Aquella niña de aproximadamente tres añitos, con sus escasos pasos dados por su barrio y su corto entender, ya sabía mucho de la vida, se llamaba Celia, si, si como Celia y los cinco, solo que no eran cinco, eran ella y sus dos hermanas, hubieran podido ser algún hermano más, pero uno nació y murió a las pocas horas, y creo que otros dos más no llegaron a nacer. Aquellos tiempos eran difíciles y no era raro que algún embarazo no llegara a su fin.
Las dos hermanas  eran más pequeñas, entre las tres se llevaban poquitos años, con lo cual nos situamos en la mediana, que vamos a llamarla ¿por que no? como la mamá de un serial radifónico muy famoso en aquella época (Matilde, Perico y Periquin), pues eso, la llamaremos Matilde, y tenía dos años y a la peque, con sus escasos trece meses la pondremos un nombre que me gusta mucho a mi: Gema.
Lo más importante en la vida de aquellas tres niñas era que sabían ser felices, a pesar de que todo se había confabulado en su contra, desde que abrieron los ojos en ese mundo hostil que les iba a tocar vivir.
Nadie se creeria hoy como era nuestro barrio, aquel barrio en el que por cierto y por no conocer más , nos parecía el mejor del mundo. ¿que más podiamos querer?. Nuestras casas practicamente chabolas y sin ni siquiera tener agua corriente, para nosotras eran acogedoras viviendas en las que se podía soñar, reir y a ratos ser felices.
Nací hace 57 años en un barrio de Vallecas, yo soy la mayor, por lo que me he puesto de nombre Celia, dando rienda a la imaginación que por entonces despertaba en mi la protagonista de aquellos cuentos que me hicieron tan felices durante algunos años de mi vida.
No tengo que esforzarme mucho para remontarme a aquellos primeros años en lo que todo parecía tan sencillo, y sin embargo era ya tan complicado.
La enfermedad de mi madre, crónica y eterna me hace recordar como sin apenas levantar un palmo del suelo, me llevaba continuamente a la farmacia a por su medicina. En mi corto entender pensaba que debía ser una medicina muy buena, pues cuando se tomaba un poquito ya se ponía contenta y decía que se le habian pasado los nervios.
No sé por que asocio aquellas idas y venidas a la farmacia con el colegio que había cerca de mi casa. Yo era muy pequeña, por tanto no había estado nunca allí, pero siempre que pasaba por la puerta, pensaba que tenía ganas de ser mayor para poder ir al colegio, me parecía que eso me convertiría en más importante delante de mis amigos más pequeños y además intuía que aquello debía ser muy emocionante.
¿Para que querremos los niños pequeños hacernos mayores?. Seguramente es el propio desconocimiento de lo que nos vamos a ir encontrando según hacemos el camino y que muchas veces es bastante peor que lo que dejamos atrás.
Aquellos años en lo que todo era una fiesta, nunca volverán. No teniamos nada, no queriamos nada, solo saber que teniamos a mamá y papá cerca y sobre todo..... jugar en la calle todo el día.
¿Con quien?. Recuerdo nitidamente a mis vecinos de enfrente, esos con los que en las calurosas noches de verano hablabamos durante largas horas, hasta que empezaba a refrescar. Muchas veces me he preguntado que sería de aquella entrañable familia.
Me conmocionó muy especialmente la muerte de uno de sus hijos, Paquito. Debía ser bastante más mayor que  todos nosotros, puesto que se mató en un accidente de moto.
Su madre se llamaba Encarna, la recuerdo perfectamente, sin embargo no recuerdo el nombre del padre y siempre, siempre recordaré a Mari Sol y Sensi, los otros dos hijos con los que jugábamos durante todo el día.
Por entonces en todo el barrio, que básicamente era la calle de los Hermanos Santos, no había nada más que una TV. y lo que recuerdo de aquel aparato deseado por todos, es la noticia del asesinato de Kennedy, yo por entonces desconocía quien era, pero si sabía que debería ser alguien muy importante como para que dieran varias veces la noticia en un pais en el que solamente teniamos una cadena de TV. , después vino el entierro con todas sus pompas y boatos y no comprendía como su viuda, firme y elegante al pie del ataud, iba vestida enteramente de blanco, ya que en lo poco que yo conocía, nuestro luto era negro riguroso, y además por muchos años, pues conocía a mujeres que una vez que se ponian de luto, ya no se lo quitaban nunca. Claro que puestos a elegir me gustaba mucho más el blanco que nuestro luctuoso negro.
El resto de recuerdos giran en torno a mi querida radio. A las once de la mañana siempre escuchabas el soniquete especial de una radio novela. Me imagino que no diferían mucho de las telenovelas de hoy, por lo menos en cuanto a la trama. Los argumentos son siempre los mismos, el amor, el odio, la incomprensión entre los seres humanos, etc. , aunque creo que hoy es todo mucho más perverso.
En aquella época deberiamos ser aproximadamente unos diez niños más o menos de la misma edad en el barrio. No teniamos juguetes, ni Tv. ni juegos electrónicos de ningún tipo, nos teniamos a nosotros mismos y nuestra increible imaginación para hacer de una caja de zapatos un camión, de la pipera a la que íbamos a comprar los diez centimos de pipas, una bruja, etc.. Nuestra calle era el gran teatro del mundo y nosotros eramos los incipientes actores que ya empezaban a representar cada uno su papel. Estoy firmemente convencida que no tenía nada que ver aquella niñez con la que se le ofrece hoy a todas esas pobres criaturas presas de la soledad ante cualquier aparato ya innombrable para mi y que por supuesto consiguen la finalidad para los que lo hacen: aborregar a los niños para que sean futuros borregos ¡que pena!, y sobre todo dejar tranquilos a los padres ¡mas pena aún!, esto es como  todo, debemos tener la esperanza de que siempre existirá la honrosa excepción a la regla generalizada.

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